01 enero, 2011

Tregua

Cierro los ojos y descanso en el infinito vacío de mí ser
Alma vacía, desolada y fría

Cierro los ojos y parto en el largo camino que me queda recorrer
Vacío infinito en el que dejo de existir.

23 septiembre, 2010

Soplando en el viento


“How many roads must a man walk down,
  before you call him a man?”
 
  B.Dylan.

Dentro del ropero cuelgan algunas camisas viejas, en el suelo se encuentran varios pantalones sin lavar y una que otra camiseta arrugada y manchada por el sudor. El calor extremo que sofoca a todos los habitantes de la ciudad, 40 grados desde la semana pasada. No hay rastro de nubes ni de viento, aunque tampoco existen árboles para sacudir un poco el aire. El lugar es un desierto total. Las calles están vacías y brillantes y el asfalto refleja el paso de un solo auto, un Cadillac negro, modelo 67.
Desde la habitación Max escucha pasar al cadillac acompañado del sonido del ventilador que tiene a lado, lleva un short rojo y unas sandalias de goma azules, está tendido en la mecedora escuchando a Bob Dylan cantando “Everybody must get stoned” mientras aspira el humo de un cigarrillo. Ya será hora de ir a buscar a Adriana, su ex novia que llega a la ciudad para hacer un reportaje sobre una laguna que alberga unos peces extraños y que a él no le interesan en lo más mínimo, sólo piensa en verla y en qué pasará con ellos una vez vuelvan a recordar el verano en el que se conocieron. Tal vez espera demasiado pero es que lleva mucho tiempo esperando. 


Seguro cuando lo vea pensará que se mantuvo bien, que no ha perdido el pelo y que no está más gordo como suelen ponerse los hombres con el tiempo. Eso les pasa a los hombres casados y él no está ni cerca a eso. Y cómo estará ella, seguro que no ha cambiado nada, su esbelta figura y su pelo negro muy oscuro deben seguir igual. Mientras piensa en todo eso, Max apaga el cigarrillo contra la mecedora y lo echa por la ventana abierta, se levanta y se dirige al ropero. No encuentra ropa limpia pero si encuentra la camiseta negra que lo hace lucir más joven y misterioso, esto le dijo la mesera del bar al que frecuenta, luego se viste con el primer jean que encuentra y se dispone a buscar sus zapatos negros de vestir. Se dirige al espejo del baño y se moja la cara con el agua de la pila que por cierto está tibia y no logra refrescarlo, admira su rostro descuidado y cada vez más arrugado. Cuántos caminos ha tenido que recorrer para convertirse en lo que es. Debería haberse rasurado, Adriana va pensar que no le va bien y tendrá que recordarle que el trabajo en el campo no es fácil y no requiere lucir limpio. Muchas horas bajo el sol tiñen su piel de un color bronce a un color café oscuro y la llenan de manchas más oscuras aún. El trabajo en el campo no es para nada fácil. Seguro ella lo sabe ya que trabaja con bichos raros y eso normalmente no se encuentra en la ciudad, por lo menos no esa clase de bichos raros.
Prende el motor de su pequeño Volkswagen gol blanco que le dejó su padre y que ha sido víctima de más robos que cualquier otro auto en toda la ciudad. Ahora sólo le falta el retrovisor derecho que Max está ahorrando para comprar. Tiene aire acondicionado pero no funciona, es una verdadera tortura manejarlo en verano y el verano allí dura 10 meses al año. Una gran frustración pero por lo menos le permite llegar más rápido a lugares con aire. Mira el reloj y se da cuenta que llegará muy temprano, no le importa ya que no tiene nada más que hacer y la emoción de verla lo tiene inquieto desde hace unas semanas cuando recibió su llamada diciéndole que llegaba y le preguntó si por favor podía ir a buscarla de la estación del bus. Claro que puedo le contestó Max casi inmediatamente, quizás debería haber reaccionado con más calma pero el solo hecho de haber escuchado su voz lo emocionó mucho. 


Es un lugar muy aburrido en el que vive y saber que recordará una de las mejores épocas de su vida lo tiene muy contento. Abre las ventanas delanteras del Volkswagen para sentir un poco de aire fresco, más fresco que adentro pero para nada fresco en realidad. Prende la radio y sintoniza en la 91. 7 la frecuencia local que los sábados en la tarde pasa clásicos, sus favoritos. Mientras recorre la ciudad y mira alrededor piensa que es muy pequeña, deberían llamarla pueblo pero por el hecho de haber algunas empresas extranjeras sacando petróleo la han convertido en una ciudad y le han dado más movimiento. De igual manera los sábados por la tarde vuelve a ser un pueblo, calles desiertas, bares cerrados, calor sofocante, aburrimiento total.


El semáforo se pone en rojo y Max se detiene, pese a que no hay ningún auto a la vista, ni un peatón transitando, hay cámaras que registran cada movimiento y que podrían causarle graves problemas. Esa es una desventaja de tener petroleros viviendo en la nueva ciudad, vuelven todo más burocrático y ponen muchas reglas, aumentan los controles y lidiar con ellos es un castigo. Debe ser peor en las ciudades grandes, en las verdaderas ciudades desarrolladas pero seguramente ahí habrá más que hacer y demasiada gente en las calles por lo cual tendría sentido parar en un semáforo rojo. Avanza cuando la luz cambia a verde, cada vez se va alejando más del centro y el paisaje se transforma poco a poco. Deja de ver pequeñas casas viejas y otras nuevas no terminadas y comienza a ver arena, kilómetros de arena con pequeñas hierbas puntiagudas y secas. No hay montañas ni árboles ni nada llamativo. Es una ciudad infernal, un pueblo infernal.


Piensa en su juventud, también la pasó allí pero en esa época el lugar no le disgustaba tanto, los veranos eran sus favoritos, él y sus amigos se iban a la laguna que ahora es un lugar peligroso debido a la contaminación que ocasionó la llegada de las empresas petroleras y a la aparición de esos bichos raros que Adriana va a estudiar. En su época era un lugar muy tranquilo y refrescante para divertirse con los amigos, mojar un poco el cuerpo y beber cervezas hasta el anochecer. Allí fue donde conoció a Adriana por primera vez y también donde llegó a conocerla verdaderamente.  


Aquella vez, ella había convertido su vida en algo más que sólo salir con sus amigos a beber y acostarse con las chicas lindas del pueblo, las cuales podían contarse con los dedos de una mano. La había convertido en una aventura, las anécdotas que ella le contaba de la ciudad para él eran cuentos irreales y fantásticos. Eran realmente de otro mundo para Max que sólo conocía la vida de ese lugar. Quedó maravillado con sus historias y con la inteligencia de Adriana, inteligencia que no encontraba en ninguna otra persona, hombre o mujer que habitaban ahí. También convirtió su vida en una mezcla de emociones que no había sentido antes, Adriana tenía un carácter muy fuerte y se enojaba con facilidad pero también podía ser muy dulce cuando quería. Ellos siguieron escribiéndose una vez terminado el verano pero ella nunca volvió. Ahora que regresaba, Max empezaba a sentir esas emociones otra vez. 


Demasiada emoción lo tenía muy inquieto y distraído hace semanas y ahora al recordar todo lo vivido aumenta cada vez más y recorre su cuerpo a una gran velocidad que no lo deja percatarse de lo rápido que va. El motor del pequeño Volkswagen chilla del esfuerzo pero Max sigue recordando esos momentos, las noches en la laguna, dormir juntos y amanecer cubiertos de arena pegada a sus cuerpos por el sudor, reír, escuchar los cuentos de la gran ciudad, imaginar algún día vivir allí. Acelera el auto y en la radio suena Dylan nuevamente cantando “Blowin in the wind”, el volumen fuerte, el aire fresco que entra por las ventanas pero no tan fresco definitivamente, el semáforo cambia a rojo pero Max no se detiene,un sonido estridente de una bocina y los frenos de un auto que chillan, un golpe fuerte y el estallido de los vidrios, el pequeño Volkswagen blanco sin el retrovisor derecho golpeando contra un camión de los nuevos habitantes de la ciudad y de pronto el silencio típico de un acontecimiento fatal. 

El calor extremo que sofoca a todos los habitantes de la ciudad, 40 grados desde la semana pasada. No hay rastro de nubes ni de viento, aunque tampoco existen árboles para sacudir un poco el aire. El lugar es un desierto total.


31 mayo, 2010

Turista


Su brazo posa sobre mi cintura, tímido. El sol se asoma entre las persianas, mi cabeza da vueltas. Con los ojos entre abiertos intento encontrar mi posición actual, moverme con calma para no perturbarlo, buscar mi vestido, mis bragas (no recuerdo si llevaba alguna), tomar mis zapatillas e irme. Lejos.
*
No fue un buen día, no fue una buena semana. Hace meses que Juan se fue y desde entonces todo se volvió insoportable. El trabajo fue un escape sólo por un tiempo, después se convirtió en una carga. Al igual que mi familia y mis pocos amigos, yo, me encontraba ausente.
*
Levanto su brazo y lo acomodo en la sábana, me siento despacio y observo mi cuerpo desnudo. El sol ya ilumina todo en la habitación. Mientras busco mi ropa escucho que se inquieta, suena agotado, exhausto. Qué pensará cuando despierte y no me encuentre a su lado, tal vez no me extrañe. No me conoce.
*
Una vez le dije que lo amaba y que no podría estar sin él, sonó trillado pero fue sincero. Cuando me dijo que se iba y que me dejaba, no lloré, no grité, ni siquiera rogué que se quedara. Simplemente me fui. Quizás porque no podía soportar la idea de que fuera él quien me dejase, o tal vez no soportaría verlo partir. Pensarlo cada vez más lejos.
*
Tropiezo con sus zapatos, son muy grandes. Suspira, se inquieta  otra vez y me parece que va despertar pero solo gira, cambia de posición y vuelve a sumergirse en su sueño. Esta vez con más cuidado, avanzo hasta el baño, tengo unas ganas tremendas de orinar. Demasiada cerveza, pienso. El baño es pequeño y está sucio, descuidado, como normalmente dejan sus baños los hombres. Sólo conocí a un hombre con el baño limpio. Antes de salir me detengo en el espejo. Mi cara ya no es la misma de hace unos años, ni siquiera es la misma de hace unos meses. El cansancio se ha apoderado de mis ojos, mi expresión aburrida, cansada. Las ojeras, acumulan varias noches sin dormir. Ojalá fuera simplemente insomnio. Que no te den la razón los espejos dice Sabina. Los espejos mienten, a veces.
*
Pensé que se fue por mis celos, después pensé que me dejó por otra mujer más divertida, joven, más interesante tal vez. Enloquecía al pensarlo con otra, riendo, charlando de poesía mientras toman un café, mirando las noticias y protestando contra el gobierno y su incapacidad, jugando en la cama, besándose, riendo otra vez. Por último y para evitarme lamentos, decidí pensar que me dejó porque consiguió una gran oportunidad de trabajo en un lugar muy lejano y poco habitable (lo pensé después de un porro). Las personas se van, cambian de lugares constantemente, se mueven. Para evitar decepciones quizás.
*
No recuerdo todo lo que hice anoche. Me siento en la cama otra vez, ahora estoy vestida. Miro alrededor para encontrar mi cartera, busco sin prisa. Me dan ganas de quedarme un rato más, ya no escapar, dejar de correr. Lo empiezo a extrañar, a él y a nosotros. De pronto se mueve y siento miedo de nuevo, busco más deprisa y encuentro mi cartera debajo de la silla donde supuestamente debería estar su ropa, escucho la bocina de un auto y reacciono, de un salto llego hasta la silla. Ya con la cartera  me detengo a observarlo por unos segundos, está dormido, perdido quien sabe dónde. Me acerco para besarlo en la frente pero me arrepiento, tal vez despierta. Me voy.
*
Si no te hubieras ido no estaría en esta situación, no estaría vagando, sabría donde quedarme, con quién estar, estaría acompañada y tal vez ya no sería turista en la vida de nadie. Pertenecería a alguien, a alguna vida y sería algo más que lo que soy ahora. Si vuelo en círculos y no llego a escapar, debería culparte y negarme. Sin embargo ya decidí que no quiero quedarme y mirarte marchar. Si me voy es para no pensarte cada vez más lejos, es para no extrañarte.